La vivienda de madera parecía una más, pegada al verde del Ariari. Dentro, sobre la columna de la sala, descansaba un rifle .22; en una habitación, una pistola y cinco celulares compartían espacio con tarjetas SIM y papeles dispersos. Allí estaba Simeón Pérez Marroquín, ‘El Viejo’, junto a una mujer que sería su pareja.

Los uniformados preguntaron por permisos de armas. No los había. Minutos después, la notificación de captura se cumplía. Para la Fiscalía, ese hombre era el enlace entre Segunda Marquetalia y los sicarios que apagaron la voz de Miguel Uribe Turbay, el senador que se convirtió en símbolo tras morir el 11 de agosto.

En Brisas del Güejar, el rumor de la motocicleta en la sala y los objetos incautados cuentan una historia de huida y precaución. Cada SIM podría ser una pista; cada aparato, una conversación. Afuera, el Ariari seguía su curso; adentro, la investigación encontraba su nueva brújula.

El caso acumulaba capturas: el adolescente que jaló el gatillo; conductores que movieron armas; coordinadores que marcaron rutas. Faltaba un eslabón que conectara la orden con la ejecución. Para los investigadores, ‘El Viejo’ llenaba ese vacío.

Hasta entonces, Bogotá retenía las imágenes del ataque del 7 de junio y del funeral que partió el corazón del país. Las honras en el Congreso y la Catedral Primada parecieron pedir, en silencio, una sola cosa: ¿quién dio la orden?

La respuesta podría descansar en metadatos: posiciones de antenas, tiempos de llamadas, chats borrados y contactos que encajan como piezas de un rompecabezas. Por eso la captura en Meta, más que una detención, es una oportunidad forense.

‘El Viejo’ habría seguido al senador. Ese detalle, junto con su presunta conexión con mandos de Segunda Marquetalia, convierte su silencio y su teléfono en objetos de interés. Si esos cinco celulares hablan, no lo harán en susurros.

Mientras tanto, en San José del Guaviare, el trámite ante las autoridades avanza con homicidio agravado, porte ilegal y uso de menores. La causa judicial busca ahora trazar líneas ascendentes, desde la calle hasta quienes decidieron.

Las comunidades del Meta miran de reojo. Saben que el territorio ha sido refugio y paso. Capturas como esta envían mensajes: se acortan distancias entre los rumbos rurales y los centros judiciales donde las historias encuentran nombre y sentencia.

El dolor que dejó el asesinato de Miguel Uribe aún se ve en rostros familiares y en marchas silenciosas. La captura no devuelve la vida, pero puede restituir verdad a una sociedad que la necesita para confiar.

El expediente respira con cada peritaje. Armas, chats, rutas, dinero: la cadena que un fiscal deberá presentar sin fisuras. Y entonces, quizá, un juez declare quién y por qué.

La Policía y la Fiscalía hablan de avance crucial. Los analistas piden blindar campañas y cortar el uso de menores por estructuras armadas. Organismos internacionales mantienen sus alertas sobre seguridad electoral.

Para el país político, el mensaje es claro: el caso no está cerrado. Con ‘El Viejo’ bajo custodia, se esperan nuevas imputaciones y la identificación de determinadores que aún no han sido formalmente vinculados.

En la casa de madera terminó la huida y empezó, tal vez, la respuesta. Si los celulares y las armas revelan lo que guardan, Colombia estará más cerca de saber quién dio la orden. Hasta entonces, la crónica sigue abierta.

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