La seguridad energética no depende solo del yacimiento: también de cómo se conecte el gas a la red nacional y de la aceptación social del proyecto en la región Caribe
El éxito de las pruebas de productividad en Sirius-2 confirmó que el Caribe colombiano es una de las principales fronteras de gas natural para el país. Ecopetrol y Petrobras comprobaron la buena respuesta del yacimiento durante una prueba de formación de aproximadamente cien metros, lo que da confianza sobre su capacidad de producir grandes volúmenes durante años.
No obstante, entre los buenos resultados técnicos y el gas encendido en los fogones de los hogares aún hay un largo camino.
De acuerdo con la información divulgada por las compañías, el consorcio prevé iniciar la producción comercial alrededor de 2029 o 2030, una vez obtenga las licencias ambientales y complete las inversiones en infraestructura.
Ese cronograma supone que el país deberá cubrir la brecha de suministro de los próximos años con producción interna en declive, importaciones y una gestión más eficiente de la demanda.
Una de las decisiones más sensibles es la del trazado del gasoducto que llevará el gas desde Sirius-2 hasta tierra firme. Distintos análisis han planteado alternativas de conexión con la costa entre Magdalena y Atlántico, y de ahí a los sistemas troncales que alimentan al interior del país.
La definición del punto de entrada no solo tiene implicaciones técnicas, sino también sociales, por los efectos sobre territorios costeros, pesca artesanal y ecosistemas marinos.
A ello se suman los tiempos y exigencias de la licencia ambiental, que abarca tanto las operaciones costa afuera como las obras en tierra. Organizaciones ambientales, comunidades costeras y autoridades locales piden que el proceso incluya consultas amplias sobre impacto en playas, arrecifes, manglares y áreas protegidas.
Para los defensores del proyecto, el reto es demostrar que el gas puede desarrollarse con estándares altos de protección ambiental y de seguridad industrial.
El componente tarifario también es parte del rompecabezas. Gremios del sector han insistido en que, sin ajustes en los cargos de transporte y distribución, el gas que llegue desde el Caribe profundo podría resultar más costoso para usuarios alejados de la costa, especialmente en ciudades del suroccidente y en regiones de difícil acceso.
Un diseño inadecuado de tarifas podría limitar la competitividad del gas frente a otros energéticos.
Pese a los desafíos, el potencial transformador de Sirius-2 y de otros proyectos offshore es difícil de ignorar. La combinación de recursos ya descubiertos en el Caribe norte y sur permitiría multiplicar varias veces las reservas actuales de gas y abrir espacio para exportaciones en el mediano plazo, siempre que se logre primero cubrir la demanda interna.
Esto representa una oportunidad para diversificar los ingresos del país y reducir la volatilidad asociada al petróleo y al carbón.
En las comunidades del Magdalena y La Guajira, donde se han desarrollado pozos como Uchuva-1 y Orca-1, el debate se centra en cómo garantizar que el boom del gas se traduzca en empleo local, encadenamientos productivos y mejor infraestructura social.
Los habitantes de la región no quieren que el Caribe solo aparezca en los informes financieros, sino en obras concretas de agua, vías, educación y una transición energética justa.
Que el gas de Sirius-2 llegue o no a tiempo a los hogares colombianos dependerá menos de la geología y más de las decisiones que se tomen en los próximos meses en materia de licenciamiento, planeación de redes y reglas de juego para la inversión. Si el país acorta trámites, respeta estándares ambientales y diseña tarifas inteligentes, el gas offshore del Caribe podrá convertirse en un aliado para bajar la presión sobre las tarifas y garantizar un suministro seguro en ciudades como Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena y Bucaramanga.
