La política del espectáculo en Venezuela: el caso del baile de Maduro

El baile de Nicolás Maduro en una tarima caraqueña es más que un gesto festivo: es una pieza de comunicación política. El encuadre música, banderas, juventud condensa una narrativa de normalidad y pertenencia. El recurso no es nuevo, pero su eficacia depende del contexto: en medio de inflación, salarios presionados y servicios frágiles, la imagen puede leerse como “ánimo colectivo” o como “desconexión del poder”. La viralidad del clip amplificada por cuentas oficialistas, replicada por opositores y recogida por medios internacionales evidencia una gramática política donde la imagen desplaza al discurso. El baile fija agenda: por horas, el país discutió sobre forma antes que sobre fondo. En escenarios polarizados, esa dinámica beneficia a quien domine el espectáculo.

Históricamente, el chavismo integró música y tarima a su repertorio. En 2017 y 2019, escenas de baile oficial aparecieron en actos masivos; durante 2024–2025, la fórmula se reiteró, alineada a un calendario de movilizaciones y campañas. La construcción de un liderazgo “cercano” pasa por la calle y, cada vez más, por el feed. Los costos también están claros. Opositores denuncian frivolidad frente a informes críticos de organismos internacionales y a un cuadro socioeconómico complejo. La pregunta clave es a quién persuade este frame: probablemente consolida al núcleo duro y moviliza militancia, pero tiene menos tracción en electores volátiles, más sensibles a indicadores de bienestar.

En el ecosistema mediático, la pieza encontró terreno fértil. El formato corto permite remezclas, ironías y memes: combustible para la economía de la atención. La “controversia” es un vector de distribución. Para el oficialismo, cada reproducción es alcance; para la oposición, cada recorte puede ser evidencia de prioridades equivocadas. Ambos lados ganan exposición; el ciudadano enfrenta ruido. Comparado con prácticas regionales, el uso de performance en política es transversal. Presidentes y candidatos han bailado en campañas en América Latina, con resultados disímiles: simpatía espontánea o boomerang reputacional. La diferencia en Venezuela es el peso del contexto: la brecha entre estética y gestión tiende a agrandarse. El baile, entonces, no es anécdota aislada, sino síntoma de un repertorio comunicacional que privilegia emoción, ritmo y cercanía. Es eficaz para consolidar identidades y saturar agenda a corto plazo; insuficiente para responder demandas estructurales. La gobernabilidad no se baila, se negocia.

De cara al exterior, el clip refuerza miradas preexistentes: resiliencia para aliados; banalización para críticos. En términos de “soft power” doméstico, el impacto inmediato es alto; su vida útil, corta. La política volverá a los números: precios, salarios, servicios, garantías.

Plataformas oficialistas capitalizaron el entusiasmo; las opositoras, la indignación. En ambos casos, la emoción desplazó a la deliberación. El efecto electoral, según consultores, es de reforzamiento: más adhesión en bases, más rechazo en detractores, y poco movimiento al centro. En la práctica, el episodio instala una agenda superficial de alto rendimiento mediático. El desafío es traducir alcance en confianza y confianza en gobernanza. Sin respuestas a demandas materiales, ningún paso de baile resuelve la partitura económica.

El video quedará como artefacto de época: una política que se juega en la tarima y en el feed. El verdadero “ritmo” que definirá el humor social seguirá marcado por el costo de vida y la calidad de los servicios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *