Transporte limpio: Bogotá avanza hacia cero emisiones
Los datos sobre calidad del aire en Bogotá registran una reducción del 24 por ciento en niveles de contaminación desde 2018, coincidiendo con la incorporación de más de mil buses eléctricos al sistema de transporte público. El cambio en la composición de la flota representa uno de los proyectos de movilidad sostenible más grandes de América Latina.
La transición hacia el transporte eléctrico comenzó en 2016 con la estructuración de contratos por parte de la administración de Enrique Peñalosa. El proceso continuó durante el gobierno de Claudia López y se mantiene bajo la alcaldía de Carlos Fernando Galán, quien planea incorporar más unidades en 2025 y 2026.
La implementación de buses eléctricos avanzó mientras el proyecto del metro enfrentaba retrasos acumulados durante décadas. Los vehículos limpios comenzaron a circular años antes de que la primera línea del metro mostrara avances visibles en su construcción.
El proceso de renovación de la flota inició con estudios técnicos que evaluaron diferentes tecnologías de propulsión. Los resultados favorecieron la opción eléctrica por su balance entre costos operativos, emisiones y vida útil de los vehículos.
Los primeros buses eléctricos llegaron a Bogotá en 2019 y comenzaron a operar en rutas específicas como prueba piloto. Los resultados positivos en reducción de emisiones y costos de mantenimiento llevaron a la decisión de ampliar la flota de manera progresiva.
La infraestructura de carga se desarrolló simultáneamente con la llegada de los buses. Se construyeron patios equipados con cargadores rápidos y sistemas de gestión energética que permiten optimizar los tiempos de recarga durante las horas de menor demanda eléctrica.
La empresa pública La Rolita se creó en 2021 específicamente para operar buses eléctricos y cubrir rutas en zonas periféricas. Esta decisión buscaba garantizar servicio en sectores donde la oferta de transporte había sido históricamente deficiente.
Los buses retirados del sistema eran principalmente vehículos diésel con más de quince años de antigüedad. Estos representaban altos niveles de emisión de material particulado y óxidos de nitrógeno, contribuyendo significativamente a la contaminación atmosférica de la ciudad.
Las mediciones de calidad del aire realizadas por la Red de Monitoreo de Bogotá muestran disminución en las concentraciones de partículas PM2.5 y PM10 en zonas cercanas a las principales vías de transporte público. Los datos corresponden al período entre 2018 y 2024.
La discusión sobre el metro involucra aspectos técnicos, financieros y políticos que han generado cambios de diseño en diferentes administraciones. El proyecto actual contempla una línea elevada con viaductos que actualmente se encuentran en fase de construcción, con operación prevista para 2028.
Los indicadores ambientales de Bogotá reflejan mejoras medibles asociadas a la renovación de la flota de transporte público. Sin embargo, el crecimiento del parque automotor particular representa un factor que podría contrarrestar estos avances si no se implementan medidas complementarias.
La experiencia de Bogotá con buses eléctricos ofrece datos concretos sobre la viabilidad técnica y económica de este tipo de sistemas en ciudades latinoamericanas. Los resultados pueden servir como referencia para otras capitales que evalúan opciones de transporte sostenible en contextos similares.
