El cálculo geopolítico detrás del “Yes peace”

Las palabras de Nicolás Maduro pidiendo a Donald Trump “Yes, peace”, se insertan en un momento en que la región del Caribe se ha convertido en un tablero de alta tensión geopolítica. El discurso de paz del mandatario venezolano contrasta con los movimientos militares sobre el terreno y con la narrativa de “narcoterrorismo” impulsada por la Casa Blanca. Para analistas consultados por distintos medios internacionales, este contraste no es casual: se trata de una disputa por el relato y la legitimidad frente a la opinión pública global.

Maduro elige pronunciar su mensaje durante una marcha de jóvenes en Caracas, un escenario cuidadosamente seleccionado para mostrar respaldo interno y presentar su postura como defensiva y pacifista. Al rechazar “más guerras eternas” y mencionar escenarios como Libia y Afganistán, el presidente venezolano busca conectar con el cansancio de una parte de la ciudadanía estadounidense ante los conflictos prolongados en el exterior. En términos comunicacionales, el mensaje intenta asociar una eventual acción militar contra Venezuela con intervenciones anteriores que han sido duramente cuestionadas.

Del lado estadounidense, la operación en el Caribe se presenta oficialmente como una ofensiva contra el narcotráfico, con un despliegue de portaaviones, buques de guerra, aviones de combate e infantería de Marina que suma alrededor de 15.000 efectivos. Washington acusa al Gobierno de Venezuela de estar bajo la influencia del Cartel de los Soles, al que califica como organización terrorista. Sin embargo, el hecho de que la propia administración Trump reconozca que no cuenta aún con una justificación legal clara para ataques directos en territorio venezolano revela la complejidad jurídica y política de cualquier escalada.

Los ataques a embarcaciones sospechosas de transportar drogas, que ya suman unos 20 operativos y cerca de 80 muertos, muestran hasta qué punto la lucha contra el narcotráfico se ha militarizado en la región. El caso más reciente, con cuatro fallecidos tras la destrucción de un bote en el Caribe, reavivó interrogantes sobre los límites del uso de la fuerza y la proporcionalidad de estas acciones. Se estudian planes para golpear infraestructura vinculada a la cocaína dentro de Venezuela, un escenario que colocaría la tensión en un nuevo nivel y podría provocar reacciones en cadena.

Venezuela, por su parte, ha respondido con una estrategia que mezcla disuasión militar y movilización simbólica. La activación de ejercicios en todo el país, la exhibición de unidades de la FANB y la constante alusión a más de 8 millones de milicianos voluntarios buscan transmitir la idea de un territorio preparado para resistir. No obstante, distintos especialistas en defensa han puesto en duda esa cifra y, sobre todo, la preparación real de esas fuerzas para enfrentar un eventual conflicto convencional con tropas mejor equipadas tecnológicamente.

El anuncio de la operación Southern Spear por parte del secretario de Defensa Pete Hegseth aporta un nombre y un marco conceptual a la ofensiva estadounidense, aunque los detalles operacionales permanezcan reservados. Con su mensaje en X, subrayando que el hemisferio occidental es “la vecindad” de Estados Unidos, el funcionario refuerza una doctrina de seguridad que ve a cualquier actor sospechoso en la región como potencial amenaza a la patria. De cara a la audiencia interna estadounidense, el despliegue se vende como una respuesta firme al tráfico de drogas y al “narcoterrorismo”.

En este cruce de narrativas, la figura de Maduro transita entre la del líder que denuncia amenazas de invasión y la del gobernante que pide paz en nombre del continente. La construcción de esa imagen tiene impacto no solo en Venezuela, sino también en los países vecinos, que observan con cautela el incremento de la presencia militar estadounidense en el Caribe y el endurecimiento del discurso desde Caracas. Para América Latina, el riesgo es que la crisis bilateral se contagie a otros ámbitos de cooperación y comercio regional.

El pedido de paz de Nicolás Maduro a Donald Trump, se convierte así en una pieza clave del ajedrez político y militar que se juega en el Caribe. Mientras Estados Unidos encuadra su despliegue como operación antidrogas y Venezuela lo denuncia como una maniobra para forzar un cambio de régimen, el continente asiste a una disputa donde los mensajes, las imágenes y los movimientos de tropas se entrelazan. El desenlace de este pulso entre Caracas y Washington definirá no solo el futuro de la relación Maduro–Trump, sino también el equilibrio de poder en América Latina y el Caribe.

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