Cómo se gobernaba una ciudad hace 4.000 años
El estudio genético realizado en Shimao no solo aporta fechas y procedencias: abre una ventana a la lógica interna de una sociedad que gobernó un vasto territorio hace más de 4.000 años. Las murallas de piedra, los cementerios jerarquizados y las fosas de sacrificio son el escenario material de una organización social en la que el linaje masculino, el control territorial y la puesta en escena del poder se entrelazaban.
A partir de 169 genomas antiguos, los investigadores reconstruyeron redes familiares que atraviesan varias generaciones, identificaron quiénes compartían antepasados y quiénes quedaban fuera de esos vínculos. El resultado es una radiografía fina de cómo funcionaba el parentesco en la práctica: quién podía ser enterrado en el corazón de la ciudad, quién era relegado a sectores periféricos y quién terminaba convertido en víctima ritual. Lejos de ser un detalle técnico, estos patrones ayudan a entender cómo se consolidan las élites, cómo se legitima la autoridad y cómo se dibujan las fronteras simbólicas entre “los de dentro” y “los de fuera” en una de las primeras ciudades-estado del norte de China.
La distribución espacial de Shimao deja ver una ciudad escalonada. En el centro, sobre plataformas elevadas, se concentraban las estructuras asociadas al poder político y religioso; los cementerios de élite ocupaban posiciones privilegiadas dentro de ese núcleo. Más hacia el exterior, el paisaje cambiaba a barrios residenciales y áreas productivas, con entierros menos ostentosos y tumbas comunes. La arquitectura materializa una jerarquía que el ADN termina de confirmar. El análisis genético muestra que quienes ocupaban las tumbas más ricas y mejor posicionadas estaban estrechamente emparentados entre sí a través de la línea masculina. Padres, hijos, hermanos y tíos componían redes de poder que se extendían por varias generaciones, reproduciendo una estructura patrilineal en la que el apellido —aunque aún no existiera como talera, en la práctica, la llave de acceso a los espacios más prestigiosos. En contraste, los individuos encontrados en fosas de sacrificio, como los cráneos bajo la Puerta Este, no muestran parentesco cercano con las élites.
Esa separación indica que la violencia ritual se ejercía sobre personas provenientes de otros grupos, ya fuera poblaciones subordinadas o enemigos capturados. El sacrificio funcionaba como una frontera extrema: quienes no pertenecían al linaje dominante podían ser incorporados al paisaje de la ciudad, pero solo como ofrenda. La patrilinealidad no excluía por completo a las mujeres del poder. En Shimao se han identificado mujeres enterradas en contextos de alto estatus, lo que sugiere que el género no era una barrera infranqueable para ocupar posiciones elevadas. Sin embargo, los datos genéticos indican que el hilo conductor seguía siendo el linaje masculino, algo que coincide con lo observado en otras sociedades jerárquicas tempranas de Eurasia. Otro aspecto revelador es la relación entre comercio e identidad. Aunque Shimao estuvo integrada en redes de intercambio de largo alcance, los investigadores no detectaron una gran mezcla genética con poblaciones lejanas. Esto implica que los objetos circulaban más que las personas y que la élite local mantenía bajo control quién podía instalarse, casarse o ser enterrado dentro de la ciudad, incluso mientras recibía bienes de lugares tan distantes como la costa de Shandong o la estepa euroasiática.
Al mismo tiempo, el ADN revela aportes genéticos procedentes del sur de China, quizás asociados a la expansión de cultivos como el arroz hacia el norte. Esa influencia meridional, aunque limitada, muestra que la ciudad no era un sistema cerrado, sino un nodo en una red más amplia donde circulaban tecnologías, cultivos y, en menor medida, personas que reconfiguraban lentamente la base genética de la región. En conjunto, Shimao aparece como un caso temprano de “Estado de linajes”: una estructura en la que un grupo de familias emparentadas controla los recursos clave, decide quién entra y quién queda fuera y utiliza tanto la arquitectura monumental como los rituales extremos para fijar su posición. El ADN antiguo, en este contexto, se convierte en una herramienta para leer la política de hace cuatro milenios directamente en los huesos.
La combinación de arqueología y genética que ofrece Shimao ayuda a matizar debates más amplios sobre cómo y dónde surgieron las primeras formas de Estado en China. Más allá de las cronologías, el caso muestra que el poder no solo se levantaba con piedra y jade, sino también con decisiones sobre quién pertenecía a un linaje y quién quedaba fuera.
Ese enfoque abre la puerta a comparar Shimao con otras ciudades antiguas, dentro y fuera de Asia, y a preguntarse hasta qué punto la política del parentesco sigue influyendo, miles de años después, en la organización de las sociedades contemporáneas.
